02 diciembre, 2006

Las noches de fiesta

Tú sales de casa, a veces más animado y más arreglado (como yo ayer) y otras veces más decaído y destartalado, pero el 90% de las veces sales ilusionado pensando que “esta” noche te lo pasarás genial.

Bueno, entras a un bar y ni una chica te mira. Eres, hasta que demuestres lo contrario, una mutación entre pulpo y babosa que sólo busca meterte entre sus bragas, y piensas: Empezamos bien la noche. Pero aun así no te echas atrás pensando que pondrán tus canciones favoritas, que reirás con los colegas, que bailarás, que verás a esa chica tan fantástica que conociste la otra noche, que se reirá de tus gracias, y que con más suerte que destreza conseguirás algo más que acompañarla hasta la puerta de su coche.

Evidentemente, no ponen ni una sola canción de las que te gustan, pero eso sí, te deleitan con todas las canciones pachangueras de éste y de los 3 anteriores veranos (o más). Sí, ese maravilloso reggaeton que es la "sensación" de todas las discotecas.
Pachum pachum, pachum pachum, tú me dijiste que me querías, Pachum pachum, pachum pachum, y me llenaste tó de alegría.
Hay una ventaja: tienes a cuerpos marchosos meneándose por todas partes. Y una desventaja: ninguna se acerca a ti a más de 2 metros. Cuestionas tu after-shave y tu aliento. Sales a la pista e intentas lucirte un poco.
- Ya verás, aquí arraso.
Pero el suelo está resbaladizo porque los 3 últimos borrachos que estaban en esa parte de la pista derramaron sus cubatas ahí. Tú te imaginabas un "fiebre del sábado noche" y parece más un "Xanadú" (por lo de patinar).
- Ahora entiendo porque este cacho de pista estaba vacío. Te preguntas: Qué demonios hago aquí si no me lo estoy pasando nada bien, pero la esperanza es lo que se pierde, así que te quedas confiando en que la noche mejore.

Ahí está!! Ha venido!! La razón de tanto sufrimiento ha aparecido por la puerta de mi vida (digo… de la discoteca). El corazón me da un vuelco (tum-tum, tum-tum), y mi “hermano pequeño” se crece (tum-tum, tum-tum).
- Igual sales pasear esta noche.

Levantas la cabeza como un avestruz esperando que te vea. Echa un vistazo a lo ancho del bar… te ve, te sonríe y viene hacia ti. Te saluda y está alegre de haberte encontrado (tum-tum, tum-tum).

Al rato aparecen sus amigos y te los presenta. Bien, muy majos todos. Te está metiendo en su vida, jejeje (tum-tum, tum-tum).
-¿Qué quieres?- Preguntas en un alarde de generosidad (aunque estés más pelado que el culo de un mandril)
- Un gintonic
- Joer, ésta empieza duro - piensas... si pudieses te frotarías las manos como Gargamel, el de los pitufos.
Vas a por unas copas. Cuando vuelves…
- Eh, que hace? Está besando a su amigo? Perdón?. Y te quedas más congelado que Walt Disney en su ataúd.

Te preguntas una y otra vez: qué he hecho mal?. Ahora no le puedes echar la culpa al after-shave. Te hueles el sobaco no sea que tengas el día mofeta. Me olerá el aliento? Habré dicho algo inapropiado?

Los otros amigos tampoco hacen nada para que te sientas a gusto, así que localizas a tus colegas y te despides levemente (total, para el caso que me hacen).

Estas en la otra esquina del bar, sonriendo e intentándolo pasar bien, pero tus ojos no hacen mas que viajar a la otra esquina del bar. Sacas el cuello de avestruz una y otra vez. Te torturas preguntándote: Por qué demonios sigo en el bar si no lo estoy pasando bien?. Y recuerdas aquella vez que, en una situación similar, vino tu amigo Felipe, ese que cuentas unas historias graciosísimas, y al final lo pasasteis de p… m… (de maravilla, vamos), así que te quedas esperando a ver si aparece.

Y aparece, pero borracho. Los currys de los fraguel montarían una destilería con la sangre de ese tipo. Después de que te babee la oreja para contarte lo mal que está,
- No lo había notado (no te jode).
Te sales del bar porque tiene ganas de vomitar. Vomita. De repente, tus supuestos amigos han ido no sé donde… y solo te queda ese amigo de confianza, ese que siempre está, y tú, aguantando a Felipe, el amigo “pedoso” que tan buenos ratos os ha hecho pasar en otras ocasiones. Te pones a pensar en quién ha tenido peor noche si tu colega etílico o tú, pero vomita de nuevo y hay que llevarle a una fuente para que se despeje un poco. Miras tus zapatillas y esperas que esas gotas sean de la fuente y no de otra cosa.
- Menos mal que vives al lado, Felipe, porque si no esta me la pagas.

Acabas marchándote solo a casa porque tu colega, el que se ha quedado contigo a pesar de todo, vive en la otra punta de la ciudad.

Ya han cerrado todos los bares y tú tienes que mear. Así que aprovechas el espacio entre 2 cubetos de la basura, con una cara que deprimiría hasta a un teletubbie.
Alguien se acerca, apuras y sales como si no estuvieses haciendo lo que estabas haciendo y caminas deprisa.
- Eh, Ricky (es ella).
Te das la vuelta, y la ves con su "amigo".
- Hey - contestas, cun un hilillo de voz que si lo han oído los ácaros del cuello de tu camisa es por pura suerte. Y con un leve gesto, echas la mano a la bragueta para comprobar que está subida (por lo menos concédeme eso).
Al llegar a casa piensas un: Va a salir tu tía el próximo día. Bueno, realmente es un : Va a salir su puta madre el día que viene (que entre el día que llevas y que te has criado en un barrio pobre no tenemos el ánimo ni las ganas de hablar bien).
Y llega el finde siguiente, y llamas a Felipe a ver que va a hacer, te afeitas, y dices: vale, esa no, pero el otro día, la amiga de Cristina estaba muy amable conmigo...
Y a veces te sale como ésta y otras tienes suerte... pero lo de dejar de salir sabes que es una utopía que nunca se hará realidad (hasta que tengas un hijo o te mueras).
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